Oporto, una alternativa encantadora

Oporto, una alternativa encantadora 1

Oporto es la segunda ciudad más grande de Portugal, en cuanto a población, aunque sus atractivos para el turista son perfectamente comparables a los de la capital. Así, puede ser una muy buena alternativa para cualquiera que tenga la intención realizar un viaje a Portugal y conocer el país vecino de primera mano. Situada en la desembocadura del río Duero, en el norte, posee un encanto especial que no escapa a sus muchos visitantes, con un cierto aire decadente que conjuga ostentosos palacios con barrios de estrechas e intrincadas callejuelas.

Estas zonas de la ciudad, las más antiguas y auténticas, son ya Patrimonio de la Humanidad y representan su principal reclamo, junto con la fama internacional de su gastronomía y, sobre todo, de sus vinos, entre los cuales se encuentran algunos de los más apreciados del mundo. Si queremos hacernos una idea aproximada esta bella población, puede bastar con un fin de semana, pero recomendamos pasar aquí unos cuantos días para impregnarnos de su atmósfera melancólica y disfrutar de su belleza el mayor tiempo posible.

Los puntos de mayor relevancia de la ciudad se encuentran, entre otros, alrededor de la Plaza de la Libertad, verdadero centro de la misma, junto con la Avenida de los Aliados, la Rua Santa Catarina -una de la principales calles comerciales-; la zona de Ribeira, junto al Duero, con su románticas vistas y amplia oferta de ocio en cualquier momento del día; Vila Nova de Gaia, población vecina que concentra las principales bodegas de la región o Foz, con sus magníficos castillos y el panorama que ofrece hacia el Océano Atlántico. También vale la pena visitar la Catedral, el Mercado de Bolhao y alguna de la muchas iglesias repartidas por la ciudad.

Como colofón a nuestra visita, recomendamos por ejemplo realizar una cata de vinos en una de las bodegas de Oporto, donde podremos saborear distintas variedades de esta particular denominación de origen, famosa en todo el mundo, que debe su característico dulzor al añadido de aguardiente durante el proceso de fermentación, una idea que tiene su origen en la necesidad de prolongar la conservación del vino para que llegase en condiciones a Inglaterra, principal destino de este exquisito producto en el siglo XVII.

Foto: Iñaki Mateos